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MAR, 15 SEPT 2026
Turismo

Pipa, el pueblo brasileño que los portugueses bautaron por un barril y hoy enamora con once playas

A una hora y media de Natal, sobre la costa de Río Grande del Norte, este antiguo poblado de pescadores que los surfistas pusieron en el mapa en los años ochenta ofrece oleaje para todos los gustos, delfines a la vista y dunas infinitas cruzando el río. Una escapada con escala humana, a tiro de avión desde Buenos Aires.

JF
Joaquín FerreyraTurismo y escapadas · 15 DE SEPT DE 2026 · lectura 3 min

Llegué a Pipa una tarde de calor espeso y enseguida entendí por qué este rincón del nordeste brasileño se ganó un lugar aparte en la guía mental de quienes viajan buscando algo más que playa bonita. La luz cae distinta sobre los acantilados rojos, las calles conservan esa cadencia de pueblo chico y el océano parece cambiar de carácter cada pocos kilómetros. Está en el estado de Río Grande del Norte, a unos cien kilómetros de Natal, y se llega en auto por una carretera asfaltada en poco más de hora y media.

Un nombre que viene del mar

Cuenta la historia que los portugueses que llegaron a esta costa en el siglo XVII divisaron desde sus barcos un acantilado con forma curveada que les recordó a los barriles de madera que cargaban como envase. En portugués de Portugal, pipa significa justamente eso: barril. Con el paso de los siglos, la palabra se quedó pegada al pueblo y hoy nadie la cuestiona. Durante décadas, Pipa fue casi exclusivamente territorio de pescadores, hasta que en los años ochenta un grupo de surfistas argentinos, brasileños y de otras latitudes la descubrió, el rumor corrió y el lugar empezó a crecer sin perder del todo esa escala humana que lo separa de otros destinos masivos del litoral brasileño.

Once playas, once perfiles

  • Praia do Amor: la más fotografiada, con su silueta de corazón vista desde el acantilado, oleaje fuerte y escaleras talladas en la roca durante la marea alta.
  • Praia do Centro: la más tranquila, con pozas naturales que aparecen en la bajante y barcos de pescadores trabajando a la vista.
  • Baía dos Golfinhos: los delfines se acercan a comer cerca de la orilla y se los ve sin excursión ni guía, solo con paciencia y respeto.
  • Al cruzar en balsa hacia Tibau do Sul: dunas extensas, cajueiros entre los médanos y playas casi desconocidas como Malembá, Barreta y Camurupim.

Cómo llegar, dónde dormir y qué hacer

Desde Buenos Aires, el acceso más cómodo es volar a Natal y desde ahí rentar un auto o tomar un transfer hasta Pipa. El trayecto por carretera insume alrededor de una hora y media. En alojamiento, el abanico es amplio: hay opciones más sencillas desde los 50 dólares la noche y propuestas que en temporada alta pueden trepar hasta los 400 dólares. Conviene reservar con tiempo si la idea es viajar entre diciembre y febrero, cuando el pueblo explota de turistas brasileños y argentinos.

Para quien quiera moverse un poco más, el paseo estrella es cruzar el río en balsa hacia Tibau do Sul y meterse en el litoral de dunas en buggy. Las tarifas arrancan en unos 85 dólares por vehículo (hasta cuatro personas) y la versión de día completo ronda los 110 dólares. El ferry suma unos 2 dólares por persona. La gastronomía local tiene su propio reloj: la mayoría de los locales abre recién a media tarde y reserva la mañana para el mar. La avenida Baía dos Golfinhos se llena entonces de mesas al aire libre y música en vivo. El plato emblema de la cocina potiguar, como se llama a la del estado, es la moqueca, un guiso de pescado que se cocina en olla de barro con leche de coco, aceite de dendê y especias.

Mejor época para ir

La ventana ideal va de setiembre a marzo, cuando el clima es más seco, las temperaturas son cálidas y el mar se muestra en su mejor versión para baños y avistamiento de delfines. Para quienes prefieran evitar la mayor concurrencia, los meses de octubre y noviembre ofrecen buen tiempo con menos turistas y precios más amigables en alojamiento. Vale la pena anotarlo: Pipa tiene ese equilibrio raro entre lo desarrollado y lo todavía íntimo, algo que en Brasil queda cada vez en menos lugares.

JF
Joaquín FerreyraTurismo y escapadas

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